Navegando a una velocidad de media de tres nudos, la gabarra surca las aguas de la ría. A ese ritmo acomodado, despide el año 2016 repleto de satisfacciones. Unas con  más éxito que otras, pero con  el deber cumplido de haberlo hecho con la mejor de las intenciones.

Acomodados en torno a una mesa reconfortante engalonada con los mejores manteles , cuberterías y vajilla saciamos nuestro apetito con las viandas cocinadas para la ocasión. La noche de San Silvestre, la última del año, es el momento oportuno para hacer balance del año que concluye.

Es el momento de aparcar las hostilidades. De renunciar a posturas irreconciliables. De saber mirar, antes que ver, de oír mejor que escuchar. Apreciar la diferencia como un valor añadido y no como un punto de división. Acercar en vez se alejar. Si aprendimos a dividir el átomo, ¿por que no somos capaces. de unir a la Humanidad?

Pasamos la página. El almanaque nuevo cuelga ya de nuestra pared. Los proyectos, esperanzas, y expectativas para el nuevo año desbordan nuestros pensamientos. Que en la medida de nuestras fuerzas y recursos puedan cumplirse. No queden estacionados en una vía muerta esperando una locomotora imaginaria que les conduzca a la estación conveniente.

Se acerca el momento. Como hipotéticos soldados de un ejercito universal tendemos puentes ficticios que sepan unir lo nuevo y lo viejo; lo de antes y lo de ahora; pasado y presente para dar la bienvenida a un venturoso 2017. Que se cumpla la profecía de la piedra y el Hombre.

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