Estamos acostumbrados a los museos convencionales, en espacios cerrados, donde las obras expuestas ocupan diferentes salas para que el público las visite. En este caso, las obras se confunden con el entorno natural , distribuidas estratégicamente para que las visitantes se pierdan en la inmensidad del espacio. Arte y naturaleza se funden en una simbiosis recíproca. Donde los colores, como el verde omnipresente por toda la superficie, el cobre del acero oxidado y los tonos rosas absorben la mirada de los visitantes.

Cerca de 40 esculturas de gran volumen se muestran dispersas por el jardín que circunda el caserío acompañadas de plátanos de sombra, fresnos, magnolios, robles, chopos, algún pino que permiten interactuar con las obras. Dos de ellas, Basoa y Zuhaitz cobra cierta relevancia acomodadas al entorno en el que se exponen.

En el caserío se muestran las obras de menor formato y los materiales más delicados como el alabastro, la tierra chamota o el papel. Además de gravitaciones, dibujos y figuras menores distribuidos en diferentes emplazamientos de las dos plantas que ocupa el caserío.

En el exterior, las obras de gran formato en acero cortén, hierro o granito ocupan las praderas de la finca. La forma de trabajar de Chillida en serie de esculturas dotan a las mismas de una identidad única. Donde el espacio, la materia, el límite o el vacío son la temática que las ocupa.

Son muchas y significativas las esculturas que a lo largo de todo el espacio natural se exponen. Al transitar por el camino habilitado nos encontraremos con los homenajes a Giacometti o Balenciaga, además de con el Arco de la libertad o El abrazo. También destacan por su porte y formato las esculturas Buscando la luz I, Lotura XXXII, Peine del viento y Monumento a la tolerancia.

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