«El azul es el color del desierto en el mar». Schütt.

Un mar, el cantábrico que baña las costas del litoral al que me acerco. Con precaución, desde la distancia y consultada la tabla de mareas previa al inicio del periplo. Una ventana abierta desde la que asomarse y observar su fuerza en los días grises y húmedos de este verano revuelto. Una costa repleta de acantilados, ensenadas, valles recogidos y sencillas montañas impregnadas por el color verde.

Desde el municipio de Getxo hasta el de Armintza. Encamino mis pasos por la ruta de los acantilados por un paisaje dominado por rasas mareales y dos puntos de interés geológico. La playa de Aizkorri acoge con fuerza el batir de las olas. Sumergirse en sus aguas permite descubrir la notable colonia de plancton. Esos microscópicos organismos que salen a flote y le privan al mar de su transparencia.

Varadas en la arena. Inmóviles con el paso del tiempo, desde épocas pretéritas, estas rocas cubiertas de musgo propician interesantes diálogos y sonoros silencioso. Ellas son testigo de la aseveración siguiente:

«Ni el pretérito fue tan simple ni el futuro tan perfecto».

Avanzo en mi ruta. Me acerco al final del período geológico Cretácico y el comienzo del Paleógeno se dan cita en la playas de Sopela. Un enorme hojaldre natural, con múltiples pliegues que demuestra la presencia de seres vivos por estas latitudes hace sesenta y seis millones de años.

Llego hasta el municipio costero de Armintza. Su playa de rocas vista desde la atalaya que corona a este enclave me muestra su relieve, colores, texturas, viento raseado, aroma a puerto y una calma infinita. Su actividad pesquera ha desaparecido pero mantiene sus restauradas casas de pescadores convertidas en tabernas donde saciar la sed y degustar suculentas viandas.

Busco la cala de Basorda, famosa a nivel mundial por alterar su abruptas formas por la nefasta construcción de la hipotética central nuclear. En la actualidad, un monumento al hormigón y al abandono de un proyecto sumamente cuantioso.

 

Retrocedo en mi peregrinaje . En la parte alta del barrio pesquero predomina una vegetación más propicia de otras vertientes.. Encinas, madroños,brezos y martagones  colonizan el terreno. Sobre una hoja de sauce, este insecto intenta pasar desapercibido, como ausente a los ojos del viajero. Su camuflaje y mimetismo llega a ser casi perfecto.

                   

Me adentro siguiendo el curso del arroyo que cruza el municipio de Lemoiz , desde Andraka hasta Armintza. Un sendero balizado a la entrada del pueblo por marcas de GR. Desde esta localidad sigo su curso. fresnos y alisos, mayoritariamente jalonan su trayecto. Las flores primaverales subsisten todavía durante la estación estival. Los molinos, antaño, aprovechaban la fuerza del agua del regato para moler. En la actualidad se han reconvertido en viviendas familiares perdiendo la actividad primigenia. Un enorme roble se muestra lozano. Con sus brazos gruesos y longevos a izquierda y derecha de su tronco.

No es muy abundante su caudal. Pero las aguas del arroyo son limpias, cristalinas en su tramo, sin apenas visibilidad de factores externos que condicionen su contaminación. Es hora de volver. Dejar atrás los acantilados, el bosque de galería y los cultivos forestales omnipresentes en la mayor parte del terreno que cubre el paisaje.

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