Riaño (León) no sólo es conocido por su embalse  que abnegó las aguas de ocho pueblos de la comarca Norte de la provincia leonesa. El bosque de Hormas es un espacio natural que se encuentra ubicado en la ladera sur de la Sierra de Hormas, entre las localidades de Riaño y Boca de Huérgano. Con una extensión de 2.768,32 hectáreas. se trata de un enclave silíceo en un entorno calizo. La vegetación potencial  esta compuesta por masas de haya, principalmente en las zonas umbrías,y de roble albar y rebollo, en las zonas de solana, mezclados con serbales, acebos, abedules.

Una curiosidad a reseñar entre las herbáceas que conforman los pastizales es la milenrama que a esta altitud presenta una variedad cromática de color rosa, además de la común en otras zonas de color blanco.  En los claros y lindes del bosque afloran los piornales de gran porte junto con otros matorrales como las escobas  que cumplen una misión destacada en  este entorno: fijadoras de nitrógeno en el medio.

Con respecto al estrato arbustivo, en los lindes del camino y divisorias de fincas destaca la presencia de endrinos, majuelos, pudios, avellanos, cerezos de racimo, zarzamoras y groselleros  que muestran el alto valor ambiental de las especies que abundan en este enclave conformando suculentas ganancias netas de biodiversidad. En la antesala de la entrada natural al bosque, el senecio cano tapiza de color amarillo la pradera, dotando  al paisaje de una variedad cromática de contraste.

Entresacados de su hábitat habitual, estas notables hayas de la imagen superior, cumplirán su ciclo vital como leña de los hogares de los moradores de la población local. Las suertes una costumbre muy extendida en distintos núcleos rurales, contribuyen al aprovechamiento de la madera de los montes comunales.

Esta amplia masa boscosa es el refugio y dominio de un a especie emblemática y en peligro de extinción en esta comarca, el oso pardo. Arriba se puede comprobar su rastro, en la corteza del árbol. Sus afiladas garras quedan patentes sobre el árbol, a modo, de dominio del territorio, señalando su límites.

Emboscado sobre el terreno, los árboles empiezan a adquirir un tamaño y forma notable, en algunos rincones del mismo. Verdaderos testigos mudos en el tiempo y guardianes sigilosos de lo que acontece con el cambio de las estaciones.

Una deyección de bayas sobre un tronco, ligeramente recubierto por musgo y líquenes, además de una pequeña cantidad de plumas muestran el rastro de otro de los mamíferos que  tienen su morada en este emblemático lugar: el zorro.

Llegando a la salida del bosque, en su puerta de salida, un alevín de rana bermeja se va aclimatando a la charca  en la que sobrevivirá en los próximos días. Su respiración cutánea le hace mantener siempre la piel húmeda y no le permite vivir mucho tiempo alejada del agua.

El arroyo de Valdelosero discurre paralelo al camino de retorno. Sus frescas y gélidas aguas permiten refrescar los pies, por un instante, al viajero. Y surtir de agua, a estas alturas del estío, a las fincas adyacentes.

A media tarde, el embalse se nutre de actividad. Los deportes acuáticos son un recurso más para conocer y surcar las aguas de este marco privilegiado enclavado en Los Picos de Europa. Senderismo, montaña, naturaleza y agua conforman un ambiente entrañable para combinar a lo largo del día.

Los hayedos, con cierta regularidad, son entornos húmedos, umbríos y con poca luz. En el caso de este de las Viescas, todavía se ven ligeros claros por los que penetra la luz, en las proximidades del embalse y de camino al Pico Gilbo.

Progresando ligeramente sobre el camino en sentido ascendente, algunos ejemplares se convierten en verdaderas esculturas retorcidas, con raíces prominentes y ramas curvadas que recubren el perímetro del árbol. La hojarasca perturba el silencio del lugar, rota por las pisadas del caminante.

Una parada obligada para contemplar la escena de arriba. Una enorme haya, partida en dos, por el peso de su longeva rama, por efectos de  un rayo, atraviesa el camino quedando su porte a ambos lados del trayecto componiendo una estampa con cierto aire bucólico.

Al andar se hace camino
Y al volver la vista atrás
Se ve la senda que nunca
Se ha de volver a pisar
Caminante no hay camino sino estelas en la mar

Estos versos de Machado sirven de muestra de como cambia la perspectiva de la mirada cuando se transita por un lugar desconocido. Regresando al punto de  partida, esta haya coloniza el terreno, mientras que el resto de jóvenes ejemplares se extienden desarrollando un  paraje cerrado, impenetrable y con cierto encanto para sus moradores.

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