El fin de año ha llegado como un cálido aroma que se respira. No, no  es la fragancia la que se espira: es el años 2015  que concluye el día de San Silvestre. Postrado frente al ordenador de su despacho, el bermejo paisano originario de un pueblo sumergido por las aguas  del progreso escribe unas reflexiones que ordena sobre un  papel amarillento, similar a las páginas de  libros que se depositan en las estanterías de las grandes Bibliotecas. Acomodado sobre su silla giratoria , fiel compañera en sus faenas diarias, repasa en voz alta su balance sobre este año que concluye:

“ Por todos es conocido, que los deseos del pragmático caen en saco roto cuando intenta desmitificar los logros conseguidos a lo largo del año. Lo complicado es entender que lo que debería ser normal y natural sea entendido como extraordinario. Grano a grano, semilla a semilla los frutos van floreciendo.  Aquellos que merman los logros cosechados achacándolos a la suerte se olvidan mencionar que ésta se escribe con T de trabajo. Orgullosos de contar una masa asocial importante en cifra, que acude a los eventos extraordinarios y ordinarios que disputamos resultando el principal motor de nuestro empuje para llevar a buen puerto la nave que pilotamos a diario. Junto con los patrocinadores que reman con fuerza para que los logros de nuestros equipos resplandezcan en el firmamento tanto autonómico como  estatal.

Y es que, el ser humano, necesita del rito de estas fiestas, por lo menos una vez al año, abandonará el protagonismo de sus actos dejándose llevar por algo que está fuera de él: sobre todo si éste se riega con buen cava.

Tal vez, por eso parecemos más buenos estos días, porque el empequeñecimiento de nuestra condición nos hace más hombres y mujeres, aunque sólo sea en la fugacidad de ese rito festivo.

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El fin de año, la nouvelle année, se ha impuesto en todo el mundo como frontera del tiempo, hora de reflexión, momento de propósitos e inevitable mirada atrás con un punto de nostalgia sobre lo que perdimos o no hemos hecho.

El momento cumbre de la última campanada, con la copa en la mano y una mirada leve dejamos caer nuestra promesa sobre el rostro de alguien que amamos sin poseer; o derramamos la ternura sobre quien amamos y poseemos;  o , simplemente, en el disfrute de la inmensa soledad de esta última noche del año, en la que no amamos ni nos aman, nuestro desierto se convierte en placentera felicidad por la fuerza del rito. Simplemente,  un gesto inocente como el de sonreír cuando buscas en la agenda del móvil a tus seres más fraternales para felicitarles ante el venturoso año ante los que alzo mi copa, en un brindis imaginario: va por ustedes Familia”.

Con frecuencia pensamos que al tiempo nadie puede vallarlo, y que todas sus medidas, desde el comienzo al fin, son artificiales. Nunca empieza ni termina un año; somos nosotros los que nos consumimos en un revoltijo de fechas jugando a ser eternos. Ya lo dijo con rotundidad Francisco de Quevedo: “ El tiempo, que ni vuelve ni tropieza”.

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