El Invierno ha llegado como un cálido aroma que se respira. No, no es el aroma lo que se espira: es la Navidad que se aproxima con su pertinaz presencia, invencible y tenaz, aguardando otro año. A la sombra tenue y débil del antiguo farol, el viejo carbonero de tez oscura y curtida por el frío escribe unas reflexiones que ordena sobre un papel amarillento, similar a las páginas de los libros que se depositan en las estanterías de las grandes Bibliotecas.

                                            

Acomodado sobre su cesta que le acompaña en sus faenas diarias, recita en voz alta su teoría sobre estas mágicas fiestas:“ Por todos es conocido, que los deseos del pragmático caen en saco roto cuando intenta desmitificar las Navidades, procurando convencernos de que estos días son los mismos que los que componen el resto del año. Tampoco, han dado resultado las teorías del laico, el ácrata o ese personaje cargado de sentido común que todos tenemos en la familia o en nuestro círculo de amistades. Fracasan rotundamente los que nos quieren convencer del éxito creciente de estas fiestas, con su parafernalia de confetis y regalos obedece al apogeo del consumismo orquestado por las multinacionales del capitalismo universal. Y es que, el ser humano, necesita del rito de estas fiestas, por lo menos una vez al año, abandonará el protagonismo de sus actos dejándose llevar por algo que está fuera de él: sobre todo si éste se riega con buen cava.
Tal vez, por eso parecemos más buenos estos días, porque el empequeñecimiento de nuestra condición nos hace más hombres y mujeres, aunque sólo sea en la fugacidad de ese rito festivo.

              

Todos sabemos que la Navidad adquiere su mayor grado de mito secularizado, de profana religiosidad, en la noche de San Silvestre, la fiesta más llorosa de las que pueblan el calendario festivo-religioso. El fin de año, la nouvelle année, se ha impuesto en todo el mundo como frontera del tiempo, hora de reflexión, momento de propósitos e inevitable mirada atrás con un punto de nostalgia sobre lo que perdimos o no hemos hecho.
El momento cumbre de la última campanada, con la copa en la mano y una mirada leve dejamos caer nuestra promesa sobre el rostro de alguien que amamos sin poseer; o derramamos la ternura sobre quien amamos y poseemos; o , simplemente, en el disfrute de la inmensa soledad de esta última noche del año, en la que no amamos ni nos aman, nuestro desierto se convierte en placentera felicidad por la fuerza del rito”.

     

Con frecuencia pensamos que al tiempo nadie puede vallarlo, y que todas sus medidas, desde el comienzo al fin, son artificiales. Nunca empieza ni termina un año; somos nosotros los que nos consumimos en un revoltijo de fechas jugando a ser eternos. Ya lo dijo con rotundidad Francisco de Quevedo: “ El tiempo, que ni vuelve ni tropieza”.

  

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