Iba buscando el otoño con sus ocres, colores cobrizos, marrones por los valles pasiegos. En la antesala del puerto de las Estacas de Trueba, en Espinosa de los Monteros descubro este bosque mixto de castaños y robles. Enfundado por un muro de piedra tradicional en el que el otoño empieza a hacer estragos. Pero es un premio fugaz para mis intereses.

Según prosigo mi itinerario  observo que a medida que corono el puerto y en su descenso el otoño no ha avanzado aún en esta zona. Los verdes son de ese color. Apenas amarillean las puntas de algunas frondosas sobre las que el sol incide superficialmente. Me detengo unos minutos. Me aproximo a la antigua estación de Yera. Abandonada por completo, con graffitis reivindicativos alusivos a tiempos pasados y oscuros presentimientos. Estoy en plena ruta del túnel de la Engaña. En plena umbría el bosque mixto: fresnos, abedules desprovistos ya de la hoja, y avellanos todos con un verde intenso.

Dejando atrás la Vega de Pas y a tan sólo dos kilómetros de Selaya , ya por la tarde,  el robledal de Todos en torno a la cuenca media del río Valvanuz esconde una historia curiosa. La fiebre deforestadora de siglos atrás permitió su plantación en este lugar para servir de combustible y de materia prima para la industria naval. Al final, pudo salvarse gracias al amparo del uso comunal y de los beneficios que generaba cada año para la sociedad rural de este enclave.

La cajiga, quercus rubur, predomina en el paisaje intentando una mínima competencia los acebos, majuelos, perales silvestres y arraclanes. Y unos solitarios castaños que nos permitieron recolectar un buen puñado de castañas para nuestra despensa particular. Los jerbos también  intentan colonizar una parte adyacente al camino.

Emboscados en la matinal sabatina, recorriendo la cabecera del arroyo Pandillo, la salamandra de la fotografía superior interrumpe el sonido de nuestros paso sobre las hojas del hayedo de Peñagafa.

Un bosque monoespecífico y oligotrófo (de suelo ácido y pobre en nutrientes) de fagus sylvatica. En algunos tramos la cubierta vegetal la tapizan betula alba, sorbus aria, corylus avellana, fraxinus excelsior y quercus robur y petraea.

El cortejo florístico es de escasa cobertura debido a la alta pluviosidad que origina el lavado de los suelos con fuertes pendientes, incentivando su oligotrofía. A pesar de estos condicionantes aparecen en el sotobosque  especies como el blechnum spicant, la luzula sylvatica y el vaccinium myrtillus.

Por otra parte, dos aspectos significativos de la escapada por este bosque son: la nula o ninguna cantidad de agua que discurre por el arroyo Pandillo, consecuencia de la pertinaz sequía que afecta a toda la Península. Y relacionado con esta escasez de lluvias, los ocres, colores cobrizos aún no se manifiestan en todo su esplendor en esta zona pasiega.

El domingo toca cambiar de valle. Desplazarnos al encuentro del nacimiento del río Pisueña, uno de los principales afluentes del Pas.  En este emplazamiento el paisaje habla por sí solo. Notable caudal de agua por el río, surtido de una vegetación propia de ribera o del bosque de galería. Frangula alnus, alnus lusitana, salix atrocinera, farxinus excelsior muestran su impronta en ambas margenes.

En una improvisada charca, sobre una pradera pasiega, una puesta de huevos de rana detiene nuestros pasos. Nos permite perder el rumbo por un momento y acercarnos al nacimiento de la vida de estos futuros batracios.

El Pisueña en su recorrido  forma pequeños churrones o saltos de agua, como el de la imagen superior.  Retratando algunos de ellos, bajando a conocerlos, esquivándolos en otros tramos vamos avanzando sin perder nunca de vista los Picones de Sopeña que nos sirven para conocer el rumbo adecuado.

Durante el trayecto, un pasiego conocedor del terreno, de la sabiduría rural, con ganas de conversar nos regala detalles de la vida y costumbres pasiegas. Además de guiarnos como un experto lazarillo por los caminos paralelos al río. Atravesamos varias cabañas en desuso la mayoría, reliquias supervivientes de la cotidiana vida rural de otras épocas. Alguna en plena reconstrucción, respetando la piedra y forma tradicional en un intento de regresar a la tierruca. Y por fin llegamos , hasta donde  nos permite la senda, vislumbrar el nacimiento del vigoroso Pisueña, rodeado de helechos con su ropaje otoñal.

P.D: Cuentan las malas lenguas, bífidas y viperinas que existe una leyenda verosímil sobre un hecho acaecido durante la cena sabatina. Sólo sus protagonistas pueden dar testimonio, por eso el título del encabezamiento de este post.

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