Julio Llamazares del libro EN BABIA Ed. Seix Barral, Barcelona 1991 pags.102-104.

Cuando un bosque se quema, no solamente arden entre las llamas árboles, pastos y matorrales. Cuando un bosque se quema, arde también la memoria del bosque y esa parte de nuestra memoria que está llena de árboles que son recuerdos y recuerdos que crecen entre la niebla como los árboles. Cuando un bosque se quema, las autoridades valoran únicamente las pérdidas materiales, pero se olvidan siempre de ese mundo primitivo y silencioso que yace bajo las brasas y que no por ser invisible es para algunos menos valioso e importante.
Para los que nacieron en las ciudades y por sus calles caminan y viven día a día hasta su muerte, el bosque es sólo, quizá, un conjunto de plantas y de árboles de desconocidos nombres y de rendimiento económico dudoso. El automovilista urbano que, sólo o con su familia, circula a través de un bosque o, en tardes de domingo o de verano, se sienta bajo sus árboles a cocinar su paella y a dejar pasar la tarde, no ve más en torno suyo que una sucesión de troncos y un entramado de ramas que, en el mejor de  los casos, aportan cierta armonía, alguna fruta silvestre, y sobre todo, su sombra. Pero, para quienes nacimos y crecimos en el bosque (y entiendo el bosque ahora como algo más extenso que su concepción botánica), el bosque es algo más, mucho más que una sucesión de árboles.


Para quienes nacimos y crecimos en el bosque y entre sus sombras tenemos nuestra primera memoria y nuestra voz más lejana, el bosque es ese espacio privado y familiar, por más que inhabilitado, que guarde nuestros recuerdos y los de nuestros antepasados. Un humus de recuerdos superpuestos que crece con el del bosque y fermenta día a día bajo el peso de la lluvia y de los años. Por eso, cuando ese bosque se quema, cuando el espacio aquel inhabilitado y mágico que alguna vez recorrimos al hilo de aventuras infantiles o acompañando a nuestras familias en sus trabajo desaparece para siempre entre la nómina anónima de los incendios forestales de cada año, nosotros no perdemos solamente un conjunto de árboles y plantas, sino también la madeja de recuerdos y deseos que quedaron desde entonces enredados en sus ramas. De la misma manera que alguien pierde mucho más que las paredes y muebles cuando se quema su casa o que los lisboetas, por ejemplo, perdieron más que un conjunto de edificios en el incendio del Chiado.
Pero no sólo nosotros, los que nacimos y crecimos en el bosque y a él seguimos unidos a través de los recuerdos o el trabajo, perdemos nuestra memoria cuando desaparece de pronto devorada por las llamas. La humanidad entera tiene en él su voz primera y, aunque muchos no lo sepan, también pierde su memoria primigenia, su cultura más antigua, en el fuego que consume nuestros bosques cada año.


Allí, en el silencio umbrío e inhabilitado de los bosques, nació la historia del hombre. Allí, entre la bruma verde e indescifrable de los árboles, nacieron las religiones, la música, las leyendas, los sueños de libertad y la desesperanza. Y allí siguen, fundidos con el silencio, flotando con la bruma de cada tarde y esperándonos. Muchos ya no lo saben. Otros, por gracia o desgracia, recordamos todavía el eco de las voces de los árboles que aprendimos a escuchar en nuestra infancia. Pero todos los hombres, lo sepamos o no, lo queramos o no, perdemos mucho más que un pedazo de bosque cuando este arde cualquier día de varano y en su lugar aparece un espacio calcinado y solitario, también mudo, también quieto e inhabitado, pero incapaz de guardar nuestros recuerdos ni de seguir alimentando la memoria de una especie que en él tiene su origen y su última morada.

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