El río Torre fluye montaña abajo en dirección a la localidad leonesa de Santiago de las villas, al norte de la capital. Se trata de un pueblo pequeño, alejado de la carretera principal, de esos a los que se llega sin previo aviso. Estacionado el vehículo a las afueras del mismo al lado de una explotación ganadera, tomo la pista de la derecha que cruza un puente moderno y me conduce por un paisaje tapizado de robles en sus inicios. Para proseguir  con una vegetación donde abundan las encinas y alcanzar definitivamente el pequeño rodal de tejos.

Ganando  altura en la parte izquierda del arroyo, unos 15 tejos de diferente edad, porte, altura y diámetro me aguardan tras una empinada subida. Separados a cuna cierta distancia entre ellos alguno presenta una oquedad en su tronco. Permitiendo a otros diminutos habitantes del bosque pernoctar y morar entre sus entrañas. El suelo calizo sobre el que se aferran, con ligera pendiente, se muestra tapizado en distintas partes. Cubierto por escobas, diferentes tipos de gramíneas, por matas de té de roca y tomillo que aromatizan el paisaje.

La regeneración natural también se aprecia sobre el terreno. Dos tupidos setos del ejemplar que nos ocupa son apreciables a distintas altura y separados uno de otro por unos treinta metros de distancia.

Resulta conveniente recordar que era costumbre en la zona podar las  ramas de estos árboles para la la bendición de las casas de los lugareños. Este recorrido por el que transito también fue zona de paso para las peregrinaciones jacobeas que hacían el desvió del camino del Salvador que se dirige a Oviedo. Además, de zona de tránsito de los rebaños transhumantes.

Por el camino el arrendajo defiende su terreno con sus proclamas a los cuatro vientos. Los diminutos carboneros y hererrillos revolotean de rama en rama ante la presencia del extraño. Un gavilán enérgico aprovecha el suave viento matinal para planear y cruzar de un valle a otro. El manzano silvestre, carga sus ramas de tan apreciado fruto, a la espera de su recolecta a finales de septiembre.

Deyecciones, huellas y rastros en distintos tramos del camino me avisan que circulo por los dominios del jabalí, corzo, ciervo y conejo. Distintas especies de mariposas liban el néctar de las flores que jalonan el camino. Una sorpresa final me aguarda en una pequeña pradera al lado del río. Tres orquídeas sobreviven en esta época del año. Dos orchis y una dactyloriza. Ahogan sus últimos días y me paseo termina en el mismo punto que comencé. Pero cargado de ganancias netas de Biovidersidad.

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